La humedad de mi madre

por: Adriana Robles Cacho*

Yo, Catalina, estaba destinada a casarme con un viejo mercader originario de Florencia de nombre Giorgio Barbieri. Mi tío, don Agustín Mondragón, había ofrecido una generosa dote a este hombre, que me rebasaba 28 años en edad. Al ser hija natural, el destino y la poca reputación que le quedaba a mi familia, se concentraba en la preservación de la enaltecida pulcritud de mi joven y aún intocable himen de 17 años. El dolor de la ruptura de está finísima seda vaginal tras el matrimonio, estaba destinada a ser recompensada y reparada con el fruto angelical que emergería de mi vientre.

Mi madre, doña Beatriz Mondragón, era una fiel devota de la Virgen del Pilar, a quien le oraba y profesaba una fe ciega casi igual que la que le destinaba a doña Juana, la curandera xochimilca que poco hablaba el castellano. Juana le hacía las limpias y le soplaba la mano a mi madre cada vez que le entraban las angustias y sudoraciones propias de la mujer, también nos curaba con hierbas y vapores contra las enfermedades del cuerpo. Juana había orado a una de sus diosas, a quien le llamaba, madre Toci, para facilitarle el parto y gracias a ella pudo recibirme sana entre sus manos al momento de emerger de la cueva ancestral entre el olor a tabaco, ceniza, estafiate.
Pensando en esto, recapitulé en la incómoda sensación que emanaba de mi cuerpo al pensar en la conyugalidad que me había sido impuesta y cuya reacción decantaba en mis temblorosas piernas que valientes me invitaban a huir.
No me era permitido caminar sola, las caminatas y la cocina eran los espacios que maquillaban mis angustias. Por eso, huí a refugiarme en la cocina, esa guarida en donde el olor a especias, los colores y sabores que la coloreaban me hacían sentir con la esperanza de crear algo que yo decidiera. Esa era la alquimia de la cocina, la libertad para crear, misma que me hacía sentir aliviada.

Decidí hacerme un chocolate espumoso en la que fuese la olla de barro favorita de mi difunta abuela. Dicha bebida tenía la fama de arreglar los males y tristezas del corazón. Alguna vez mencionó Juana que su semilla, el cacao, había sido el regalo de Ometecíhuatl y Ometecutli, la pareja primordial, para nosotras las humanas.
Empecé a batir con el molinillo de madera aquella provocadora mezcla de leche recién ordeñada, cacao, canela, vainilla fresca y miel de agave. En su interior las ondas se tornearon burbujeantes hasta expedir una suculenta así como majestuosa espuma y un olor pecaminoso. De repente de aquella espuma se irguió una sensual y exótica figura femenina de piel-lienzo color chocolate, cuya desnudez estaba arropada con coloridas serpientes que sometidas, vestían sigilosamente a su ama. La mujer tenía largos y oscuros cabellos y estaba erguida sobre una luna llena. Sus ojos del color de la noche me miraron intensamente y de repente, exclamó:

-Catalina, soy yo, tu madre, Toci-Guadalupe. Vengo a recordarte de quién eres hija y a exigir tu devoción.
Tú, hija mía, eres el producto del placer vertido en mi intensidad uterina que derramó toda su seducción para crearte, eres producto de mi Cihuaayotl, líquido femenino por excelencia. Eres también el fruto de un parto doloroso que me recordó mi humanidad y la efímera y quebrantable corporeidad. Soy tu madre, quien viene exigirte devoción y la honra a mis mandatos:

-Tú, tu destino, tu cuerpo y sexo fueron creados y paridos por mí y son un regalo para ti. Solo a ti te pertenecen, no podrás cederlos a nadie, pues el ejercicio de la voluntad sobre estos solo a ti te pertenece. Nadie deberá mandar sobre tu vida o cuerpo pues si por fuerza alguien tuviera la osadía de querer atentar contra este principio a mi inclemente castigo deberán atenerse.
-Te mando a expandir mi presencia y mandatos sobre la vida, cuerpo y sexo de tus hermanas, de todas las mujeres, y exijo su lealtad, devoción y cumplimiento a dicho mandamiento-. Pido en mi honor y en el suyo, que erijan una casa en donde ustedes se cobijen mediante su hermandad y el recuerdo de su origen. Esa es mi voluntad.
-Ese templo, será un refugio que les arropará y cobijará en momentos de alegría y desconsuelo y solo a ustedes, mis hijas les será permitido entrar.
Si al momento de despertar del olvido a tus hermanas, te pidiesen una prueba de este mandato, lleva una taza caliente de este chocolate con la espuma vertida, símbolo de mi sudor derramado, verás que ellas, al saborearlo, serán capaces de verme y escuchar como tú, mi voluntad.

Adriana Robles Cacho. Historiadora feminista de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, enfocada en la Historia de las Mujeres e Historia Cultural.

Un comentario en «La humedad de mi madre»

  1. Wooow que belleza, Adriana es una joya para expresarse, me sentí ahí casi pude oler el chocolate y ahora cuando lo beba recordaré que solo en mi está el poder de compartirme con otro ser. Gracias por letras tan sublimes🥰

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