SUITE EN TRES MOVIMIENTOS por Silvia Cuesy

Las princesas primorosas 

se parecen tanto a ti,

cortan lirios, cortan rosas,

cortan astros. Son así.

Rubén Darío

 

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Billy no deja de jalar mi moño y salir corriendo cada vez que mamita me lo pone en la cabeza y así saber cómo me va a peinar el día del debut. Según ella el verde tierno me va mejor, hace resaltar el color jade de mis ojos. Papá asegura que peinada con caireles soy la niña más hermosa que él haya visto jamás. 

El festival navideño de mi academia es dentro de cuatro días. Lo sé porque todavía hay cuatro hojas del calendario para llegar al 16; cada noche, desde que me escogieron, hace tres meses, las he ido arrancando. Mi vestido está listo, lo hizo mamá. Bueno, no es vestido, es un precioso camisón blanco con encaje en el cuello y los puños, escogido por nosotras en la sedería Armand donde también compramos una tela delgada suavecita para que al girar no me estorbe. Voy a salir de Clara en el Cascanueces

Angelita anhelaba ese papel; yo le gané, soy la mejor, y ahora ella sólo va a salir de copo de nieve. Madame corrige a las demás menos a nosotras dos, por eso siempre estamos adelante; casi pegaditas disimuladas, nos vigilamos de reojo. Bailo más bonito, lo sé: mi pas de bourrée fue más gracioso en la clase abierta y hasta su madre la regañó, bien que me di cuenta, pues no se lució tanto como yo ante todos los asistentes. 

Practico en mi recámara cada vez que puedo. Después de hacer la tarea de la escuela me pongo mi tutú, el rosa, mi preferido; con cuidado saco las zapatillas de su caja y las calzo y las amarro a mis tobillos; me peino con diamantina y rocío perfume tras las orejas y pinto mis labios. Pongo un disco y parada delante del espejo repito y repito cada uno de los pasos nuevos enseñados por madame; no hago caso de los toquidos escandalosos de mi hermano en la puerta para distraerme y continúo enmarcando mi rostro con mis brazos. Si no cometo errores, bajo y hago los movimientos frente a mis papás. Ellos se sonríen de oreja a oreja y el brillo en su mirada y los abrazos estrujados confirman mi logro. Billy me imita y dice que parezco campamocha cuando hago el pas de chat. Me hace enojar pero no se lo demuestro. Me voy a mi recámara caminando muy derechita y con la barbilla alta lo mismo que al final de cada ejercicio. 

A punto de meterme a la cama, un suspiro se me escapa y sale a través de mi ventana, desde donde veo el parque. Es el jardín de mi hermoso castillo. Llego en una dorada carroza tirada por doce corceles blancos; el lacayo me ayuda a bajar. Entro y, casi flotando, cruzo salones cubiertos de espejos y finos cortinajes. Al abrir una puerta, el cálido viento hace tintinear los candiles. Presurosa feliz, desciendo la enorme escalinata recogiendo un poco mi largo y elegante atuendo. Abajo, entre setos de olorosas flores, estanques de peces turquesas, bermellones y naranjas y cristalinas fuentes, me esperan las ninfas del bosque cercano para danzar conmigo acompañadas por una alegre orquesta de duendecillos. A lo lejos se oyen algunas trompetas anunciando el esperado arribo del apuesto príncipe en un brioso caballo… Salgo de mi cuarto dando de alaridos; mis pies tocaron, bajo las sábanas, montones de húmedas, frías, serpenteantes pegajosas lombrices; de seguro allí las puso Billy.

 

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Papá y mamá me dicen en voz muy baja, casi un susurro, Tienes que resignarte; así es la vida. Al ver el camisón colgado atrás de la puerta de mi cuarto, el estómago se me aprieta y también aprieto fuerte fuerte los ojos para que las lágrimas no se rebalsen. Ya dimos aviso, no vas a salir en el festival, recuerdo sus voces y sus desganadas palmaditas, Tratemos de hallar consuelo, en esta familia está prohibido llorar. 

Angelita va a reemplazarme; su madre viene al rato a recoger prestado el vestuario; ya no daba tiempo de hacerle el suyo. Mañana Angelita va a verse linda al ejecutar el balancé con el muñeco cascanueces convertido en príncipe; ya no voy a representar a Clara, ya nunca nunca me transformaré en princesa. Mis sautés son más altos y rapiditos, y aunque todavía no podemos usarlas, yo aguanto más tiempo de puntas. Pero a ella le van a aplaudir en el solo de El hada del azúcar, a mí no. Su corazón va a latir apresurado; el mío se fue volando y dejó un negro hueco más negro que el negro cielo. Su sonrisa va a mostrar sus dientes perfectos, yo nada más rechino los míos. A ella le van a poner chapas en sus mejillas y rimel en las pestañas y sus pupilas se llenarán de emoción; las mías deben permanecer secas. Va a danzar de un lado a otro del escenario con los soldados, huyendo de los ratones. Las luces del enorme pino de Navidad van a alumbrar sus rizos haciéndolos brillar cuando ella y el príncipe inicien el grand pas de deux del Vals de las flores. En cambio yo permaneceré en mi casa, tumbada boca abajo en la cama, con el cabello revuelto y la cara metida en la almohada, berreando para adentro pues no me dejan llorar. Tú tienes la culpa, Billy.

 

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Tres días, tres días y será mi festival. Papá dice que preparará su cámara; mami les recordará la invitación a mis tías y primos, tan pronto nos terminemos de ir a la escuela y al trabajo. 

Billy se despide dándoles un beso a mamá y a papá; a mí me saca la lengua, me jala el pelo como todos los días y me grita Adiós elefantita y me deja lloriqueando. Sale de brinco en brinco con su mochila en la espalda, la maqueta de los planetas en una mano y su lonchera en la otra; él entra a clases antes y por ser mayor lo dejan irse solo; su colegio está a una cuadra. 

Desde ese desayuno el silencio entrará a mi casa, esa será la última vez que mis papás se acaricien con los ojos y la última que lloraré. El agudo y prolongado chirrido de unos frenos de coche, el sonido de un claxon y el retumbo de un costal azotado, harán que mis papás se olviden de mí y se levanten, despavoridos, soltando tazas, empujando sillas, corriendo para siempre tras Billy. 

 

 

Silvia L. Cuesy 

Nació en la Ciudad de México. Escritora e historiadora. Es egresada de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Ganadora del Premio Nacional de Cuento, Efrén Hernández 2009, con el libro Visita al paraíso. Publica en la revista BiCentenario y ha participado en diversas antologías: Cuentos de la provincia, Callejeros, Foto Azul, El que ríe al último. Es autora de Solo ustedes lo saben, colección de ficciones históricas. Ha publicado las novelas históricas cortas Diario de Mercedes y Diario de Elodia. Dentro del género biográfico es autora de Emiliano Zapata, Carlos Chávez y Silvestre Revueltas y de la biografía infantil Cazador de estrellas. Tiene libros inéditos, entre ellos un segundo volumen de ficciones históricas y una novela, también histórica, ambientada a mediados del siglo XIX, durante la Intervención Francesa en México. 

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